12 dic. 2012

Hay que actuar, y actuar antes


Los recientes informes PIRLS-TIMSS 2011 (vol. 1 y vol. 2) colocan de nuevo al sistema educativo en una posición algo menos que discreta en el convierto internacional. En estas pruebas participan aproximadamente dos tercios de los países que también lo hacen en las pruebas PISA, y a ellos se añaden casi una veintena de otros de los llamados en vías de desarrollo, con economías, estados, sociedades y profesiones mucho más débiles y, por tanto, sistemas educativos casi inevitablemente menos eficaces y menos eficientes. La presencia de estos países nos ofrece el consuelo de situarnos por encima de la media, pero ni siempre ni de cualquier media. La media se establece por convención en 500, como en PISA, y España alcanza 513 puntos en lectura, 508 en ciencias y 482 en matemáticas, o sea, queda ligeramente por encima de esta media en las dos primeras, pero ni siquiera eso en la tercera. En todos los casos queda por debajo de las medias parciales de los países de la OCDE participantes, que se sitúan respectivamente en 538, 523 y 522, y más aún si nos limitamos a los países de la UE, que arrojan las medias de 534, 521 y 519.
Los resultados son básicamente similares a los de PISA, aunque algo peores en matemáticas, y también a los de la anterior oleada PIRLS-TIMSS de 2005-2006, salvo un sensible descenso en ciencias. Por otro lado se reitera la tónica habitual: España tiene menos alumnos buenos y más alumnos malos que otros países. Los premios de consolación, si pueden considerarse tales, son también los de siempre: el nivel socioeconómico de la familia influye menos que en otros países, las diferencias entre centros son menores y la ventaja de los centros privados sobre los públicos se desvanece si se controla la composición social. Pero esto, más que un consuelo frente al bajo nivel general, puede considerarse su consecuencia: el sistema exige poco y, por ello mismo, tensa menos las diferencias.
Dos comunidades autónomas, Andalucía y Canarias, han aportado una muestra más amplia a la prueba PIRLS (lengua), lo que permite obtener para ellas unos resultados diferenciados y compararlas con el conjunto de España. La buena noticia para Andalucía es que sus resultados se sitúan ligeramente por encima de los del conjunto de España, rompiendo así con su historico rezago. La mala es que Canarias se sitúa sensiblemente por debajo, justo a la cola de los países desarrollados y a la cabeza de los subdesarrollados,
Pero la conclusión esencial a extraer de los resultados PIRLS-TIMSS, creo, es otra. Reside en que lo que llevamos años lamentando a raíz del indicador del llamado fracaso escolar, concretamente la no graduación en Educación Secundaria Obligatoria, y contemplando a menudo como si fuera un problema específico de esta etapa, se presenta ya con todo su esplendor en cuarto curso de primaria. Es decir, es en la escuela primaria, presunto reino de la igualdad y la armonía, donde aparecen ya las dificultades de los alumnos y las insuficiencias del sistema. No en el año décimo (graduación) o noveno (PISA) de la escolarización, sino en el cuarto; no a los dieciséis o quince años de edad, sino a los diez.
Una consecuencia de esto, guste o no, es que no sobra ninguna evaluación censal del alumnado en primaria: más bien falta. Cuestión distinta es qué usos puedan y deban dársele, pero sin duda hay uno indiscutible: actuar sobre la calidad del sistema en general y sobre los alumnos en desventaja en particular, y hacerlo pronto (ya) y temprano (en primaria).