5 dic. 2012

Avaros y pródigos (la comedia humana)


Hace pocos días la Universidad Complutense fue noticia cuando un centenar de profesores impartieron sus clases en la calle, en distintos puntos de la ciudad, para llamar la atención sobre su precaria situación, casi como diciendo: estamos deshauciados. Nadie dude que las universidades lo están pasando muy mal, y la Complutense algo peor que la media, ni dude que esto es efecto, además de la crisis en general, de la irresponsabilidad con la que el Partido Popular está forzando al sistema educativo a pagar una parte de la factura desproporcionada, una orientación contraria a lo que debería ser hoy la apuesta por una salida apoyada en el conocimiento; ni dude que no le hacen ascos a la idea de aprovechar la ocasión para deteriorar algo la enseñanza pública frente a la privada; ni dude de la particular inquina con la que el gobierno conservador de la Comunidad de Madrid dirige desde hace tiempo su artillería contra una universidad a la que considera poco afecta.
Bien, por tanto, buscar maneras de hacer llegar a las calles de Madrid y a la opinión pública la preocupante situación y nuestro descontento ante ella, incluido un happening de este tipo. Está menos claro que, como afirmaba la nota de prensa de la UCM, la iniciativa haya sido un éxito, pues “más de cien” profesores de una Universidad que tiene más de seis mil no es para impresionar a nadie, máxime si la iniciativa había sido difundida y apoyada oficialmente desde el propio Rectorado. El problema principal es que resulta dudoso que el pueblo de Madrid vaya a verse conmovido por las penas de la UCM. Seguro que no se alegran por ellas, pero también que todos conocen colectivos que lo están pasando mucho peor que los estudiantes y los profesores universitarios. Es más, puede que la simpatía espontánea se desvaneciera rápidamente si la opinión pública tuviera información adecuada sobre las jubilaciones anticipadas de los profesores, los horarios de los administrativos, los años sabáticos para quien ni siquiera investiga y otros errores crasos de política de recursos humanos.
Lo que me ha llamado la atención de la noticia es un detalle de la misma que habrá pasado desapercibido a los lectores, pero que vale la pena escrutar. La figura visible de la protesta ha resultado ser la del director del Departamento de Filología Italiana (FI), quien ya un mes antes impartió una clase al aire libre sobre La canción de la avaricia (Doglia mi reca) de Dante Alighieri, bajo el puente de Juan Bravo. Mi admiración por el talento del compañero, pues la escenografía no podía ser mejor. Profesor y estudiantes reunidos, como Sócrates y sus discípulos, bajo el puente incluso, como Diógenes; una lección sobre Dante, y en esas condiciones, para representar la búsqueda desinteresada del saber; y el poema elegido, la avaricia, más que indicado en los tiempos que corren. Unos ciento cincuenta alumnos y viandantes en el acto y una imagen a la que se rindió la prensa nacional.
Vayan por delante mi respeto por el profesor, por su iniciativa, por la institución y por la FI, pero permítanseme unas prosaicas cifras. La Universidad Complutense imparte todavía una licenciatura de FI en la que en 2011-2012 se matriculó un total de 23 alumnos, de los cuales 15 en 5º curso, que era ya el único con matrícula abierta para esa titulación en proceso de extinción. Mientras tanto había, por ejemplo, 464 alumnos en 5º de Pedagogía o 716 en 50 de Periodismo; en Filología, en contraste, podían encontrarse también las licenciaturas de F. Eslava y la de F. Hebrea con 11 alumnos cada una.
Doy esta cifra tan enrevesada porque las estadísticas de la UCM no son gran cosa y es lo mejor que puedo ofrecer. Lo ideal sería contar con el número de créditos docentes (horas impartidas) y de créditos discentes (horas recibidas por los alumnos) por profesor, pero no es posible. Sí es posible saber que el Departamento de FI tiene 17 profesores, lo cual, con la licenciatura a pleno rendimiento, puede que llegase a suponer en total 6 o 7 alumnos por profesor (sólo en primer y segundo ciclo, son contar el tercero siempre mucho menos numeroso). Ahora ya no es así, pues las filologías menos frecuentadas se han fundido en un grado común de modernas, pero no cabe duda de que los profesores de FI gozaron al menos de un tiempo envidiable.
Más interesante es ver la relación entre la oferta de matrícula, demanda y matrícula real. Tenemos estos datos para el curso 2006-2007, en el que se ofrecieron en toda España 123 plazas para matrícula en FI, pero se demandaron 25 y se matricularon finalmente 23, lo que da unas ratios demanda/oferta del 25% y matrícula/oferta del 23%, o sea, una utilización real de apenas la cuarta parte (el curso anterior había sido peor: 19 y 20%, pero para éste se moderó algo la oferta). En ese mismo curso las ratios correspondientes para el conjunto de las Humanidades fueron del 68 y el 70%; parecidas a las de las Ciencias Experimentales, 66 y 70%; bastante por debajo de las de Ciencias Sociales y Juridicas, 106 y 93%; y muy por debajo de las de Ciencias de la Salud, 327 y 123%. Eso sí, la ratio fue todavía menor en Filología Hebrea (17%) o Portuguesa (7%). ¿Por qué esa disparidad? Sencillamente porque la oferta crece en función de la presión del profesorado, que quiere más plazas, y  la demanda depende de las preferencias del alumnado, que además de su vocación dependen de su percepción de las perspectivas de empleo.
No parece extraño, pues, que el profesorado de FI encabece la propuesta: sería difícil encontrar un área que suponga semejante lujo o despilfarro. Ya puestos, se podría haber impartido bajo el puente de Juan Bravo una lección de Filología Hebrea o Portuguesa, mas no habría tenido tanto glamour (demasiado lejana una y demasiado próxima la otra, pero ¡ah, el Dante!). Con esto no quiero decir que deban desaparecer los estudios de FI, pero sí parece claro que deberían redimensionarse, como suele decirse: quizá en vez de ofrecerla en seis universidades, debería hacerse sólo en una, máximo dos. Se antoja de cajón a no ser que el objetivo sea, en vez de emplear profesores para educar a los estudiantes, matricular estudiantes para dar empleo a los profesores. ¿Será eso?
Mi felicitación, en todo caso, al profesor que impartió esa lección a la intemperie a 150 alumnos (más o menos los que había llegado a ver en diez años de clases en licenciatura o grado, calculo), aunque fueran una mezcla de militantes y viandantes. Bien elegido, ciertamente, el tema, aunque puestos a estudiar al Dante también se podría haber elegido elCántico VII de La Divina Comedia, mucho más conocido y que trata asimismo de la avaricia, sólo que éste lo hace en pareja con la prodigalidad.  En él desciende Dante al cuarto círculo de los infiernos, donde encuentra en dos semicírculos delimitados a los avaros y a los pródigos, que se reprochan mutuamente: “¿Por qué acaparas? ¿Por qué derrochas?” No  hace falta explicar en qué pecaron los avaros, pero vale la pena decir quiénes son los pródigos que lo hicieron en sentido inverso: aquellos tan miopes / de la mente, que en la vida anterior / ningún gasto hicieron con mesura. ¿No nos recuerda nada? A mí, desde luego, sí, hasta el punto de que no resisto la tentación de cerrar reproduciendo algunos versos más:
Se golpeaban uno al otro, y de allí luego,
cada uno volviéndose, recomenzaba atrás,
gritando: ¿Por qué acaparas? ¿Por qué derrochas?
(….)
eternamente se darán de cornadas;
resurgirán éstos del sepulcro
con el puño cerrado y estos otros con la crin rapada.
Mal dar y mal guardar, del bello mundo
los ha privado, y metido los ha en esta guerra;
que ya no hace falta más decir cuál sea.