16 nov. 2012

La escuela en ausencia del adulto


En un mensaje orgánico del presidente de COPOE (Confederación de Organizaciones de Psicopedagogía y Orientación en España) leo lo siguiente: “Remitimos información aparecida en los medios de comunicación sobre el supuesto suicidio de una adolescente por acoso escolar donde el padre ha denunciado al Jefe de estudios, al prof. tutor y al orientador del centro. Ante este tipo de situaciones debemos tomar acuerdos conjuntos para evitar la vulnerabilidad de los profesionales que se ven imputados por realizar su trabajo.” Ya me desagrada un punto el lenguaje, pues los adjetivos hay que ponerlos en su sitio: el suicidio, con resultado de muerte, es ya algo cierto; lo supuesto será, si acaso, su atribución al acoso escolar. Pero lo que llama poderosamente la atención es la reacción defensiva y corporativa: “evitar la vulnerabilidad de los profesionales que se ven imputados por realizar su trabajo”. ¿Qué quiere decir esto? La vulnerable, diría yo, era la alumna. COPOE puede sacar cuantos comunicados quiera en pro de la impunidad, la inmunidad o la condición inmaculada de sus asociados, pero lo que hay que hacer “ante este tipo de situaciones” es interrogarse sobre la capacidad, los recursos y los procedimientos de orientadores, profesores y centros para detectar los casos de acoso antes de que se conviertan en rutinas y, por supuesto, de que desemboquen en una tragedia. En lo que concierne al orientador, que a instancias del padre de la niña reunió a éstos con dos supuestos acosadores y sus padres y concluyó de esa reunión que “no existía un caso de reiterado y continuo acoso”, parece claro que algo no estuvo a la altura de las circunstancias. ¿Qué esperaba: una exhibición de los adolescentes ante sus padres? ¿No haría mejor la COPOE en averiguar primero, con la discreción necesaria, si hizo lo adecuado?
Pero lo que se sabe apunta a un fallo en cadena de la institución. Lo más claro parece ser que la niña sufría acoso en el autobús, hasta el punto de tener que viajar de pie. ¿Qué autobús: escolar, público? ¿Es que ahora se permite a los menores viajar de pie en un autobús por carretera? Que yo sepa la normativa exige, al menos, que haya un asiento por menor y nunca más de un menor en cada asiento. ¿No tenía nada que decir el conductor? Un conductor no es un acompañante de transporte, pero que un menor no vaya de pie sí es responsabilidad suya. Por los padres se sabe también que a la niña le impedían (a veces, es de suponer) el acceso al baño y, por los profesores, ahora, que llevaba más bien una existencia solitaria en el centro. Por la dirección, en fin, sabemos que faltó ¡quince días! en el mes anterior al desenlace, pero al parecer esto no fue motivo suficiente para otra cosa que para llamar a la familia, seguramente de la misma manera, ni más ni menos, que en el supuesto de que el absentismo fuera meramente imputable a ésta o a la alumna
Pero la pregunta del millón es otra: ¿por qué no acudió la niña a su tutor, al director o a alguno de sus profesores? ¿Cómo es la vida en un centro educativo para que una adolescente que se siente en una situación tan ruin que la va a llevar al suicidio no intente siquiera recurrir a sus educadores? Al margen de las especificidades de tal o cual centro, la respuesta parece sencilla: una burocracia fría y distante, que no quiere problemas. Un lugar donde, al menos desde el punto de vista del alumno, cada cual se ocupa de su cometido estatutario explícito: su clase, su aula, su asignatura, sus diez minutos de tutoría u orientación…, pero el alumno siente que nadie se ocupa de él, en este caso ella, como persona, y eso precisamente en una edad especialmente vulnerable, en la que el horizonte puede ser magnífica, pero lel entorno puede ser agobiante. La resistencia de las organizaciones del profesorado a a que éste asuma responsabilidades difusas, la compresión del tiempo escolar y en particular del tiempo de presencia del profesor en el centro, la falta de coordinación entre profesores y entre niveles, la desatención a los intersticios de la vida escolar (recreos, comedores, transporte, pasillos…), la falta de autoridad de las direcciones y, ahora, los recortes presupuestarios y de personal. Todo ello contribuye a uns progresiva dejación de la responsabilidad general de los educadores, como simples adultos, por el bienestar de los alumnos, como simples menores, en el espacio y el tiempo de la institución, sobre todo en sus actividades informales.
Del tránsito a la ESO, con el paso abrupto de la relación centrada en el maestro-tutor a una relación dispersa y fragmentaria con los profesores de una colección de asignaturas, del ambiente relativamente protector -ya tampoco siempre tanto- de la primaria al más distante de la secundaria, de ser de los mayores entre conocidos a ser de los menores entre desconocidos, hemos señalado ya muchas veces la influencia decisiva que tiene sobre el fracaso y el abandono escolares, influencia que no es una mera deducción teórica sino una constante en el testimonio de los alumnos afectados. Cada vez más hay que añadir que no sólo estamos ante un problema escolar, relativo al desempeño académico, sino ante un problema vital, relativo al desarrollo personal.
Después de todo ¿por qué mantenemos la escuela, la última institución basada en la conscripción obligatoria? A cada oleada tecnológica se ha profetizado su desaparición inminente, pero ahí sigue, erre que erre. Se hizo con la llegada de la radio, de la televisión, de la enseñanza programada, de la informática, de la internet y ahora mucho más con la web 2.0, las redes, los recursos abiertos, las comunidades en línea… y seguramente habría también quien predijo su desaparición ya con el libro. Pero la escuela resiste por múltiples razones. Muchas de ellas tienen que ver con la educación y el aprendizaje en sentido estricto, otras con la socialización para la vida en común y en instituciones sociales de carácter secundario, otras con sus funciones más directas para los subsistemas económico y político, pero no me interesan ahora ninguna de éstas sino otra, a veces denostada por los profesores, pero no por los educadores: la custodia y la tutela de niños y adolescentes cuando los adultos de su familia o su comunidad no pueden atenderla de forma permanente, como es el caso en cualquier sociedad que haya salido de la economía doméstica o de subsistencia, o sea, el nuestro. Las escuelas son sitios estupendos, con edificios dignos y ajardinados y con profesionales especializados, en los que debemos poder dejar a nuestros hijos con confianza. Pero la pregunta es esa ¿podemos? Porque si se abandona o se pierde esa función de tutela, la escuela, donde niños y jóvenes viven en una proximidad entre sí que puede ser acogedora o asfixiante, donde acuden con una regularidad que puede resultar asertiva u opresiva, donde la otra cara del derecho y de la garantía de entrar es la obligatoriedad y la imposibilidad de salir; la escuela, digo, puede pasar de ser un refugio a ser un lugar de alto riesgo. Así fue para Mónica.