22 abr. 2012

Cada uno va a lo suyo


¿Por qué me incomoda tanto este asunto?
Llevo  años diciendo que claustros y sindicatos se habían enquistado en una  estrategia de más por menos, que el sistema absorbía más recursos sin producir  mejores resultados y sacrificando de paso la eficacia de los centros y la deontología de la profesión. Me habría gustado, pues, no ahora sino antes, que se hubiera cuestionado el absentismo docente, la reducción de horas lectivas sin contrapartidas, los complementos por actividades que ya iban en el sueldo o la falta de incentivos selectivos, por decir algo.
Por otra parte, es inaceptable que la educación -con la sanidad- haya de pagar la parte del león de los recortes, que se sacrifiquen las actuaciones destinadas a los más débiles, que se dispare a la línea de flotación del sistema educativo cuando uno de los mayores problemas del futuro del país son unas tasas de fracaso y abandono escolares que nos abocan a la desventaja en la inesquivable economía digital y global.
Hace falta, pues, un esfuerzo especial por salvar y mejorar la educación, mayor que en tiempos normales, pero también se ha de aceptar que no puede quedar al margen de los objetivos fiscales. Habría, pues, que afinar mucho sobre dónde, cuánto y cómo ahorrar y, a la vez, sobre cómo mejorar el uso de los recursos existentes. Pero los grandes actores parecen tener sus propias agendas.
Los tajos del gobierno buscan devolver el sistema educativo a lo que creen que nunca debió dejar de ser: un mecanismo de reproducción y legitimación de privilegios sociales, de donde medidas como segar cualquier ventaja en recursos de la escuela pública mientras se permite un reclutamiento selectivo a la privada, el recorte de la ESO, el bachillerato de excelencia, la ocurrencia de eliminar la gratuidad de la secundaria superior, etc.
La respuesta de claustros y sindicatos, con algunas cacofonías aliadas, es la de quien ve la institución escolar como un sistema de empleo, y no malo, con retóricas que justifican todo en nombre del derecho a la educación y estrategias que lo supeditan a los intereses de los empleados, es decir, invirtiendo la relación medios-fines, hoy a la defensiva pero ayer y mañana a la ofensiva.
Un choque de locomotoras en el que no está claro quién se ocupa de los viajeros.