20 feb. 2012

¿Había otra manera ampliar el bachillerato?

El dudoso nivel medio con que los estudiantes llegan a la Universidad, o el parco nivel con que lo hace una parte nada desdeñable de ellos, está lejos de ser una leyenda urbana. Aunque el problema universitario pueda consistir en alguna medida en que todo profesor es un año más viejo cada curso que pasa mientras que sus alumnos tienen siempre la misma edad, cualquiera que dé clases en la enseñanza superior habrá podido captar síntomas preocupantes. Yo, por ejemplo, sentí seria alarma el curso pasado -quizá porque pasé de Sociología a Educación, todo hay que decirlo- al encontrar algunos alumnos que no distinguen los porcentajes horizontales de los verticales en una pequeña tabla estadística, son incapaces de averiguar por su cuenta qué significa que un texto deba medir “X caracteres o matrices”, pueden tomar la cantidad de alumnos africanos en Madrid por la cantidad de alumnos en África o llegan e errar la ortografía de la mitad de los nombres propios en otras lenguas que han leído u oído. No debería extrañarnos, sin embargo, en un sistema educativo con la diabólica (de diábolo, a diferencia de la típica estructura piramidal, pero también de diablo, por sus efectos perversos) distribución del nuestro, que, redondeando, deja en la calle en la primera ocasión a cuatro de cada diez alumnos (el porcentaje de abandono escolar prematuro, los que inicialmente no pasan de la obligatoria) a la vez que permite ingresar en su nivel más alto, el terciario, a otros cuatro (los que acceden a la universidad). Resulta difícil comprender que el mismo sistema pueda producir tanto fracaso y tanto éxito a la vez, tanto abandono prematuro y tanta permanencia hasta el final. Si hay que ponerle otro calificativo, digamos que es un sistema altamente polarizado, pero resulta que lo que nos dicen las pruebas PISA, y las administraciones bien que se han ocupado de subrayarlo, es que, por lo que concierne a su capacidad formativa, nuestro sistema educativo no es tal, que es notablemente equitativo e igualitario, o sea, que nuestros alumnos se agrupan más bien en torno al discreto término medio. Aunque ese cuarenta por ciento de acceso a la Universidad sea el objetivo de la Europa 2020 que mejor cumplimos, no cabe olvidar que se hace como parte del incumplimiento espectacular de otro más amplio, el de que el ochenta y cinco por ciento termine al menos un ciclo de secundaria superior. En definitiva, dejémonos de eufemismos y florituras: un sistema educativo mediocre que envía a cuatro de cada diez alumnos a la Universidad sólo puede hacerlo si el nivel de exigencia en ésta es bajo, al menos de entrada. En ese contexto cobra sentido la propuesta de ampliar el bachillerato, pero ni necesaria ni probablemente en detrimento de la ESO. De hecho, sin tocar ni la ESO ni el Bachillerato se podría haber optado por otra vía con las mismas ventajas y alguna más: (re)introducir el curso preuniversitario, de orientación universitaria o como se le quiera llamar. Un curso adicional con la exclusiva función de servir de tránsito a la Universidad, con enseñanzas más especializadas en función de la orientación elegida, ni exigible ni útil para acceder a los Ciclos Formativos de Grado Superior. Quienes accediesen a la Universidad lo harían mejor filtrados por un último curso más exigente, diseñado para ello sin condicionamientos debidos a la opción de ir a la Formación Profesional, más preparados e incipientemente especializados. Quienes no tuvieran una clara orientación a la Universidad se verían llevados a optar, al cabo del bachillerato, entre un tercer año adicional de contenido aún más académico y un recorrido en conjunto un año más largo para llegar al título universitario, de un lado, o la posibilidad de obtener un título de formación profesional de grado superior en sólo dos años, lo que cabe suponer que haría relativamente más atractiva la segunda opción, o menos atractiva la primera, que en la estructura actual. Los graduados universitarios, con cuatro años de universidad más uno previo entre ésta y el bachillerato propiamente dicho, se parecerían más a los antiguos licenciados con cinco años de estudios superiores. En definitiva, se podría haber reforzado la vía académica reduciendo el coste de oportunidad de acudir a la formación profesional y sin reducir la enseñanza común. Pero quizá sea que sólo se quería hacer esto último. O que se quería hacer lo primero a coste cero económico y a cualquier coste social.