11 sept. 2011

Vuelven los fundamentalismos en educación

J.A. Aunión, de El País, me pregunta:
La impresión de alguna gente es que tal vez la educación española está asomando algún atisbo de remontada, es decir, que si no están notando ya, estará a punto de notarse que la escuela va consiguiendo digerir la prolongación de la educación obligatoria hasta los 16 años y la incorporación masiva de inmigrantes (cuyo número se estabilizó el año pasado). Además, desde 2001 más de nueve de cada 10 niños están escolarizados desde los tres años (hoy es la práctica totalidad). Por eso, sería terrible levantar ahora el pie del acelerador con recortes,sobre todo teniendo en cuenta lo difícil que es luego recuperar los esfuerzos: no ha sido hasta 2009 cuando se ha recuperado el nivel de gasto público de 1993: 4,9% entonces, 5,03% en 2009, en 2008 era el 4,68. Me gustaría saber qué opinas de todo esto, teniendo en cuenta también que son tiempos muy difíciles y que hay muchas cosas importantes en las que gastar el dinero público. 
Es difícil imaginar que pueda haber recortes en todo y no vaya a verse afectada la educación, pero la prioridad de la misma, la apuesta por el futuro y la asunción de que entramos en una economía del conocimiento deberían plasmarse en un crecimiento más fuerte en época de vacas gordas y un recorte más moderado en época de vacas flacas, lo que parece que no va a ser el caso. Entre 1997 y 2005, es decir, por efecto de las dos legislaturas de mayoría popular, el esfuerzo económico del país en materia de educación se redujo, a pesar de la recuperación económica; desde entonces ha aumentado, aunque en la crisis más por la reducción del PIB que por nuevos esfuerzos. Ahora es de temer que haya no sólo recortes sino un manejo intencional de los mismos para desplazar los costes hacia las familias y los fondos públicos hacia la escuela privada. Aguirre puede ser particularmente beligerante en esto, pues siempre quiso emular a la señora Thatcher
Pero no olvidemos tampoco la frivolidad con que los sindicatos de profesores reclamaban hasta ayer jubilaciones anticipadas, reducción de la jornada presencial a la mañana y un sinfín de privilegios menores que han sido, en parte, responsables de que el aumento en el gasto público educativo no se hayan traducido en mejoras, pues el sistema y el colectivo son, en algunos aspectos, un pozo sin fondo.
Efectivamente, algunas luces al final del túnel se atisbaban. La educación infantil se ha universalizado, la matrícula en secundaria postobligatoria ha aumentado recientemente, el fracaso y más el abandono han comenzado a disminuir, PISA y las EGD nos estaban ayudando a conocer mejor los resultados del sistema, el Ministerio estaba rectificando algunos callejones sin salida de la ordenación LOGSE y el profesorado estaba comenzando a admitir la necesidad de evaluación y feedback (TALIS). No soy pesimista, no creo que este proceso revierta, pero sí que podría congelarse o perderse cualquier progreso futuro. De hecho, lo que estamos viendo es un retorno a los fundamentalismos sectoriales, porque hay núcleos políticos irreductibles, para los cuales la educación sigue siendo simplemente un instrumento de la batalla política, en particular la iglesia, los ultraliberales y el nacionalismo, pero también los fundamentalistas de la escuela pública y los agoreros de la crisis, y yo diría que todos ellos quieren confrontación, porque les permite o les promete cerrar filas. Lo que se necesita, al contrario, es hilar mucho más fino sobre dónde se puede economizar y dónde no, dónde han de inyectarse más recursos incluso hoy y dónde debe mejorar la productividad del profesorado. Quizá el próximo gobierno debería retomar la idea de un pacto de Estado por la educación, ésa que se le deshizo entre las manos al actual ministro ante una colección de interlocutores encantados de escucharse sólo a sí mismos.