10 ago. 2011

Mejor Sol que Tottenham, ¿verdad? (1ª versión)


Déjá vu. Cambian los actores, los efectos especiales, las formas de comunicación, pero la historia se repite como si se tratara de sucesivos remakes de la misma película, un mismo guión reproducido una y otra vez porque nadie parece aprender de su desenlace. La acción que arranca hoy en Tottenham lo hizo ya en Brixton en 1981 y, a la vez que en Tottenham, en 1985 y en Saint-Denis y Clichy-sous-Bois en 2005; en España hubo un amago en los barrios sevillanos de Amate y Los Pajaritos en 2002; en los Estados Unidos podrían buscarse paralelos con los disturbios de Newark en 1967 o Los Ángeles en 1992. Pero volvamos al viejo continente.
El guión se repite con pocas variaciones. Una acción policial que es percibida como una provocación por los jóvenes de un barrio particularmente castigado por la crisis, el desempleo y la falta de oportunidades. El incidente en sí no importa mucho: puede tener todos los visos de un crimen policial, como el reciente acribillamiento de Mark Duggan; puede haber sido todo lo contrario, como el malentendido en torno a la prestación de socorro por la policía a Michael Bailey, herido en una pelea, en Brixton en 1981; o puede tener mucho de fatalidad, como la electrocución accidental de tres jóvenes (dos muertos) cuando querían evitar un control policial en Clichy-sus-Bois, en 2005. En última instancia, los detalles de la pequeña historia –aparte del drama humano-importan muy poco, tanto si responden a la realidad como si resultan desfigurados de forma maniquea para servir de legitimación a la revuelta, porque lo que hace de ella la gota que colma el vaso es un escenario continuado de arbitrariedad policial. En 1981 fue la Operación Ciénaga (swamp… ¡ay, las palabras!) de la policía inglesa contra la delincuencia juvenil, amparada por la sus law (por suspected), que le permitía parar, registrar e incluso arrestar a cualquir sospechoso de violar ¡la sección 4 de la Ley de Vagabundaje de 1824! (sí, como nuestra Ley de Vagos y Maleantes de 1933). En Francia, Sarkozy, entonces ministro del interior, acaba de proclamar la tolerancia cero, anunciando que usaría la kärcher (máquina limpiadora de agua a presión) contra la racaille (escoria, chusma), a raíz de unos incidentes previos en Saint-Denis, y la policía había aumentado los controles preventivos (o abusivos) sobre los jóvenes de las periferias urbanas.
En Tottenham no se da hoy la misma brutalidad policial de 1981, aunque sí que ha habido un aumento de los controles; la historia que se repite es más bien la de 1985, cuando Cynthia Jarret murió a causa de un golpe durante un registro policial en su domicilio; una semana antes otra mujer había recibido un disparo policial en Brixton, cuando la policía buscaba a su hijo en el domicilio familiar. Entonces, como hoy, la policía no supo en los primeros días dar una explicación convincente de lo sucedido, como demandaban las familias y las comunidades afectadas, y el clima se enrareció rápidamente hasta estallar en la peor revuelta. En el caso de Tottenham, la policía ni siquiera confirmaba la muerte de Duggan a la familia cuando los titulares de prensa y los informativos no hablaban de otra cosa, lo que se interpretó, no sin razón, como una manifestación de desconsideración y racismo (es norma de Scotland Yard no comunicar una muerte a la prensa antes que a los familiares).
Otro aspecto del panorama es el recorte de los servicios y prestaciones sociales dirigidos a los jóvenes. En 1981 y 1985 campaba por sus fueros en el Reino Unido Margaret Thatcher, estrenando políticas neoliberales. En 2005 gobernaban Francia Chirac y Villepin. Ahora gobierna el Reino Unido una coalición conservadora-liberal que, como corresponde a su naturaleza, se ha dedicado a recortar los servicios sociales, sobre todo aquellos que no se asocian a la necesidad abyecta y desmotrable que suele requerir el modelo británico de bienestar. Aunque este aspecto ha sido ignorado y hasta negado por la prensa y eludido hasta el momento por los políticos británicos, su realidad es indiscutible. Se ha suprimido, por ejemplo, la EMA (education maintenance allowance), una pequeña asignación dineraria a los jóvenes de familias pobres que siguen estudiando más allá de la edad obligatoria (parecida a las becas-salario andaluzas, aunque más modesta), a la vez que han subido fuertemente las tasas académicas. Recientemente, el condado de Haringey (del que forma parte Tottenham) cerró ocho de sus trece clubs de juventud, dejando a muhos jóvenes en la calle en sus horas de ocio: un vídeo de hace una semana mostraba a varios de ellos vaticinando un aumento de la actividad de las bandas y adviertiendo de manera profética: Habrá disturbios.
En definitiva, se trata de una fórmula infalible: menos servicios sociales, más presión policial y un detonante. Por supuesto, la fórmula no es suficiente: hacen falta también los alborotadores. Pero siempre los hay, en acto y en potencia, como hay gente extremadamente pacífica y otros muchos que se inclinarán por una u otra actitud según sople el viento o, por decirlo de manera menos simple, según las opciones en presencia. Pero el trasfondo más amplio a nadie se le oculta: una juventud que se ve sin futuro en una sociedad que ofrece incontables atractivos pero los traduce en pocas oportunidades, lo que en términos inmediatos se llama abandono escolar, desempleo juvenil, dependencia familiar, pobreza... Podemos ver lo afortunada que está siendo España de que este descontento, enmarcado aquí por una crisis más profunda, tasas de paro escandalosas, niveles de abandono alarmantes, precios de la vivienda exorbitantes, proliferación de los ni-nis e imposibilidad de independizarse se haya traducido en el 15M, una revuelta política no violenta sino enfocada a cambiar constructivamente la política, la economía y la sociedad.
Esperemos que aprendan también –si es que son capaces de hacerlo- en cabeza ajena quienes no han dejado de lanzar o reclamar actuaciones policiales contundentes, desde algunos mercaderes de las plazas ocupadas, pasando por los gobiernos autónomos de Cataluña y Madrid, hasta la caverna mediática. De hecho hemos tenido la suerte de que el 15M optara desde el principio y de manera estricta por la no violencia, hasta el punto de haber sabido y podido arrastrar a esa posición, de buena o mala gana, a individuos y colectivos más amigos de las emociones fuertes, que aquí tampoco faltan. En el fondo, y aunque sus consignas sean fuertemente críticas con la economía de mercado o las instituciones y los grupos políticos, nuestros indignados creen profunda y mayoritariamente en la convivencia y en la democracia, quizá por influencia de sus padres, la generación de la transición. Haríamos mejor en escuchar sus críticas y sus propuestas, incorporándolas al debate político, y en respetar su espacio de expresión, incluida su presencia en la calle.
Los trabajadores y activistas comunitarios ingleses no se cansan ahora de repetir que están espantados pero no sorprendidos por los disturbios. Los jóvenes españoles del 15M han adoptado claramente una vía constructiva ante una situación que los acogota, pero podrían haber optado también por una vía destructiva, como lo han hecho sus coetáneos y contemporáneos britanicos. Ambas respuestas son racionales y comprensibles, aunque una sea aceptable y hasta encomiable y la otra no, pero ninguna era inevitable ni viene dictada por el clima. Aunque algunos siempre preferirán el orden o la violencia, para muchos la opción por una u otra respuesta depende de la percepción de su viabilidad y sus costes. El problema del Reino Unido es ahora apartar a esos descontentos de su respuesta desesperada ofreciéndoles oportunidades individuales y vías de participación colectivas; el de España consiste en que no terminen cansándose de no ser escuchados y pasen a prestar oídos a los voceros de desesperación y la destrucción; y el de ambos, por supuesto, regenerar la política y controlar la economía que nos han traído aquí.