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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

16 jun. 2011

Orientadora sancionada, y con toda la razón

    La orientadora de un IES asiste a administrar la prueba de diagnóstico de la CAM en un centro concertado con una camiseta con la inscripción “Escuela pública de tod@s para tod@s”, al parecer tal “como se sugirió en la Asamblea de Vallecas”. Aunque “ese día no hubo ningún problema, es más fueron, muy amables”, según explica por carta la orientadora, a los pocos días llega una carta de la directora del centro concertado quejándose de que “la comunidad educativa se sentía ofendida por el lema de la camiseta”. El inspector que tiene el centro a su cargo, entonces, pide explicaciones a la orientadora y le demanda que se retracte, ésta se niega y unos días después es objeto de una sanción por falta leve.
    Aunque me tientan, voy a dejar de lado, al menos por hoy, las lamentables denuncias del hecho que circulan por la red y la patética carta para la que se piden firmas en apoyo a la profesora, llenas de errores, ignorantes del derecho, infantiles en sus razonamientos y parciales tendenciosas hasta la náusea. La pregunta es sencilla: ¿tenía la profesora derecho a hacer eso? ¿Es parte de su libertad de expresión o algo por el estilo? Muchos catilinarios de la escuela pública dirán sin duda que sí, porque no necesitan siquiera preguntárselo: su defensa es buena siempre, de cualquier manera y en todas las circunstancias. Pero hagamos la pregunta al revés: ¿tiene derecho un partidario de la escuela privada a pasearse por las aulas públicas, pongamos por caso, con una camiseta que rece: “Libertad de elección de centro para todos”? ¿Y con una que diga: “El aborto es un crimen”, o: “La unión homosexual no es un matrimonio”? ¿No es parte de su libertad de expresión? ¿Qué tal si lo hicieran el profesor de Religión o, por qué no, la de Literatura?
     Planteémoslo de otro modo: ¿no queríamos una escuela laica? Una escuela laica es aquella que evita cualquier forma de adoctrinamiento, sea religioso o político. Una escuela laica explica, llegado el caso, el artículo 27 de la Constitución, las distintas formas de escolaridad a que da cabida, sus posibles desarrollos e interpretaciones divergentes, el origen de su ambigüedad..., pero prohibe la propaganda confesional o partidista al respecto. Y el profesor de una escuela laica, que fuera de ella tiene derecho a proclamar en su camiseta lo mismo la defensa de la escuela pública o privada que del culto a Satán o a Elvis resucitado, cuando entra en la escuela, simplemente, se la quita y se pone otra.
   La orientadora que se presentó en una escuela concertada con la camiseta de marras, aunque lo hiciera movida por las mejores intenciones y la mayor ingenuidad, y con la inspiración del 15M y el aliento de la asamblea vallecana todavía en la nuca, metió la pata hasta el corvejón. Rompió el principio de neutralidad política del funcionariado. Violó la idea de laicidad de la escuela. Abusó de la posición de autoridad que le otorgaba ir en nombre de la Comunidad a realizar una prueba obligatoria en un centro concertado. Ofendió, sí, la sensibilidad de la comunidad del centro que visitaba. Tuvo un comportamiento infantil y de mal gusto. Podría haber pedido disculpas a los anfitriones que se manifestaron ofendidos, pero se empecinó en su ofensa. Desacreditó la idea de la escuela laica, al mostrar un doble rasero entre sus propias creencias y las de los demás. Yo creo que la Administración ha sido más bien benigna con el asunto. En todo caso, aquí me encontrarán a su lado.