26 may. 2011

¿Tiene sentido que el Latín sea obligatorio en bachillerato?

La crítica que hice a que el inminente bachillerato de excelencia de la Comunidad de Madrid vaya a tener como gran novedad, en la rama de Humanidades y Ciencias Sociales, la obligatoriedad de cursar Latin, ha provocado la respuesta iracunda de dos docenas de profesores de la asignatura en mi blog (aquí están las entradas -primera y segunda- y los comentarios) y los mismos u otros tantos en Twitter. La verdad es que me parece un problema muy secundario, pero, ya que está ahí, diré algo más sobre él. Primero, sobre las virtudes de la materia; después, sobre por qué estamos discutiendo esto y de esta manera; finalmente, sobre mis críticos.
Conviene empezar, no obstante, por aclarar qué no estamos discutiendo. No estamos discutiendo sobre la relevancia del legado cultural de Roma ni de la Antigüedad clásica en general; ni el valor de que los jóvenes conozcan, en mayor o menor medida, ese legado, y la necesidad de que lleguen a hacerlo a través de la escuela; ni del lugar de la Filología Latina, los Estudios Clásicos, etc. en las universidades; ni siquiera sobre la presencia del Latin, en el Bachillerato, como materia optativa. Lo que estamos discutiendo es la obligatoriedad de esa materia, lo cual, es cierto, depende de la valoración global que se haga de la misma, sobre todo de su valor propedéutico. Empecemos, pues, por ahí.
¿Cuáles son las presuntas virtudes del aprendizaje del Latín? Supongo que gente con más interés en ello, más imaginación y más tiempo libre encontrará otras, pero yo voy a limitarme aquí a los argumentos más habituales:
  1. El Latín ayuda a estudiar, comprender y dominar mejor cualquier lengua romance, empezando por el castellano -o español, como quieran-, puesto que es su origen. Completamente cierto, pero la pregunta sería otra: ¿Cómo mejoraremos más el manejo del castellano por los alumnos: con una hora de Latín o con una hora adicional de Lengua Española? La respuesta es obvia.
  2. Estudiando Latín se acerca al alumno a la Antigüedad clásica, que es nuestra tradición cultural, etc. No dudo que sea posible (otra cosa es hasta dónde es real), pero estamos de nuevo ante una respuesta a una pregunta que nadie ha hecho. La pregunta correcta sería: ¿cómo se estudia mejor la Antigüedad clásica: a través del aprendizaje de la lengua latina o a través del estudio de Historia sirviéndose de la lengua vehicular, sea cual sea? Si se tratara de hacer una tesis doctoral, la respuesta sería en Latín, pero si se trata de alcanzar el conocimiento factible en el Bachillerato, debo decir que el aprendizaje de la lengua no es la mejor vía sino todo lo contrario, un rodeo y un obstáculo.
  3. El Latín es esencial para el aprendizaje de la tolerancia, la democracia, el debate público, etc. Este argumento resulta, sencillamente, chocante. Roma fue la República y el foro, sí, pero también el Imperio, la esclavitud y el circo. Y lo que ha traído el latín hasta nuestros días no ha sido Roma, sino la Iglesia, el mayor enemigo organizado de la razón. Si valorásemos las lenguas por lo que se ha hecho en ellas, el latín no tiene precisamente un buen historial, aunque tampoco es su culpa, por supuesto. Simplemente la relación es espuria.
  4. El Latín es una excelente gimnasia intelectual, ayuda a pensar con lógica, etc.. Puede ser que lo haga algo mejor que el castellano, éste algo mejor que el inglés... pero lo dudo, y sería una minucia. Mejor aprender Lógica, Matemáticas o cualquier ciencia directamente. El latín no hace inteligente a nadie, aunque algún profesor de Latín se empeñe en creerlo así (adivinen por qué).
  5. El aprendizaje del Latín requiere una gran disciplina, por lo que ayuda a crear hábitos de trabajo y estudio, etc. No puedo pronunciarme sobre los métodos de enseñanza y aprendizaje del Latín en España porque no los conozco, aunque apuesto a que los hay tan buenos y tan malos como en cualquier otra materia. El latín no exige más rigor que el alemán y sí menos que el Álgebra, la Física, la Microeconomía o el Derecho. Estamos, una vez más, ante un prejuicio feliz del gremio, sin más.