29 may. 2011

Del corporativismo ciego y asilvestrado

   En el frontispicio del templo de Apolo en Delfos estaba escrito: “Conócete a ti mismo”. Hay muchas interpretaciones posibles de este lema, no necesariamente alternativas ni incompatibles, pero yo me quedo con una, aunque no sea muy común: desconfía de ti mismo y de tus motivos. Me parece una máxima imprescindible e irrenunciable para los intelectuales, y no me refiero a físicos y metafísicos laureados sino a todos aquellos cuyo objeto o cuyo instrumento de trabajo son las ideas, desde los agentes comerciales hasta los investigadores y artistas, pasando por los docentes, los informadores, etc. Se podría expresar esta interpretación de otro modo: no dejes que tus intereses materiales nublen tus facultades intelectuales.
Siempre me ha producido una mezcla de asombro, lástima y repulsa la gente que confunde sus intereses personales con valores o intereses universales. Asombro, porque cuesta comprender esa ceguera, por mucho que se entienda lo que hay detrás de ella; lástima, porque denota un nivel o un autocontrol intelectuales limitados; repulsa porque me parece, sin más, indecente. Supongo que puede encontrarse en cualquier lugar, pero creo que es especialmente frecuente en el mundo de los servicios públicos, donde resulta más tentador confundir los intereses laborales propios con los intereses de la sociedad, y más aún en el de la enseñanza, donde, acostumbrados al silencio de los alumnos, es más viable creer que nuestro discurso resulta convincente por el mero hecho de que no tiene réplica o es de fácil contrarréplica.
En la Universidad se puede encontrar esto en la figura del profesor que te asalta en un pasillo para convencerte de que su trabajo tiene un valor incalculable pero el de sus contrincantes en una oposición o en cualquier otro escenario de competencia es una basura; o la del que cree que la Universidad o la Administración deberían financiar sus clases sobre la única asignatura que quiere o sabe dar, o sobre el tema de su tesis doctoral que a pocos atrae, aunque el número de estudiantes interesados se sitúe bajo el umbral de la viabilidad económica y tienda a cero; o el que no para de contarte lo importantes que son su asignatura o su área, que deberían tener más horas en todos los planes y expandirse hasta ser el núcleo de una titulación. No son muchos, pero sí muy ruidosos y, a menudo, plúmbeos.
La ventaja de la Universidad, en este aspecto, es que la fragmentación de las especialidades docentes e investigadoras hace que este fenómeno de autobombo irreflexivo -que en cuanto se ve contradicho o puesto en duda se torna paranoico y agresivo-, aunque sea frecuente, no deje de ser individual y disperso, es decir, anecdótico. Además, dado que el contexto es muy competitivo (aunque no todo lo que debiera, en algunos aspectos), al que más y al que menos se le bajan pronto los humos a base de concursos perdidos, artículos rechazados, proyectos no concedidos, propuestas desestimadas, etc.
Cuando pasamos a la primaria o la secundaria encontramos lo mismo, pero en grupos, pues en esos niveles de enseñanza el colectivo resulta siempre mucho más prominente y los individuos se ven empujados a un segundo plano, cuando no silenciados, por ruidosos portavoces que imponen el contenido y los límites del discurso público. No es un problema de la actitud de tal o cual subsector, sino una característica general del campo profesional: ayer pudieron ser los interinos, hoy los profesores de Latín y mañana cualesquiera otros. (Salvando las distancias en todo, si hay algo parecido al totalitarismo democrático que llevó al suicidio de Sócrates, ese algo es un claustro.)
Hace poco escribí en este blog sobre el llamado bachillerato de excelencia de la Comunidad de Madrid, del que ya me había ocupado en mensajes anteriores, y critiqué, entre otras cosas, la (única) medida anunciada de convertir en asignaturas obligatorias en sus modalidades las actuales optativas de Física y Latín (Si la vía a la excelencia es el Latín, la hemos fastidiado). Lo hice porque me parece inadecuado, demagógico, poca cosa y una mala carta de presentación, y mi objetivo era el bachillerato de excelencia, no el Latín, pero el caso es que un par de docenas de profesores de esta asignatura dejaron sus impresiones como comentarios en este blog (pueden verse a continuación de la entrada citada). Después he explicado con más detalle por qué no creo que el Latín no debe pasar de ser materia optativa (¿Tiene sentido que el Latín sea obligatorio en bachillerato?), lo que ha provocado unas pocas respuestas más. En conjunto, una estruendosa exhibición de visceralidad y, de paso, de vulgaridad, en la que no veo ni un solo argumento que merezca ser discutido: la práctica totalidad porque ni siquiera lo intentan y los que creen decir algo porque sólo repiten manidos tópicos infundados (las únicas dos intervenciones respetuosas y sensatas proceden los dos únicos intervinientes que no son profesores de Latín, o sea, que no intervienen por eso).
Vista con distancia, la cuestión es simple: los profesores de Latín quieren seguir teniendo trabajo, como todo el mundo, sólo que algunos quieren tenerlo a cualquier precio, es decir, por la vía de la imposición. Como todo interés especial en la esfera política se defiende mediante una retórica de los intereses generales, pero al final es lo que es, un corolario de la Ley de Parkinson: ningún cuerpo en ninguna burocracia declarará jamás que su razón de ser se ha extinguido o que le bastaría con menos espacio del que ocupa. La mayoría de los profesores de Latín, supongo, comprenden que, en una secundaria universalizada y ante una universidad tan diversificada, su materia ya no ocupa, ni puede ocupar ni ocupará el espacio que ocupaba cuando el bachillerato era básicamente un reducto de las clases altas y un pequeño vivero de funcionarios.
Sin embargo, siempre quedan quienes ponen su interés por encima de todo y, en un doble movimiento autojustificativo, lo subliman como una visión altruista y desinteresada mientras atribuyen a los demás la misma actitud interesada. La idea de que el Latín vuelva a ser obligatorio les encanta y su cuestionamiento les enerva. Se hacen sonar los tambores de la tribu y la tribu responde. La internet, que es casi todo ventajas, tiene la pequeña desventaja de permitirles vivir en un círculo autista en el que no dejan de darse la razón los unos a los otros, como los que aseguran que Elvis vive o que Armstrong no pisó la luna: nunca fue tan cierto que Dios los cría y ellos se juntan.
Dejo ahí esos comentarios que me dirigen, a pesar de su chabacanería y de que no aportan nada en ningún sentido, como tristes indicadores de que tampoco el Latín convierte a nadie en educador, ni siquiera en educado: no hace daño, pero no cura. Y me despido de esa compañía no solicitada. Aeternum vale.