25 mar. 2011

¿Es momento de cerrar la capilla, o de proponerlo siquiera?

JLF se pregunta “si el momento más adecuado para plantear la supresión de las capillas de las Facultades, es a los pocos días de los hechos de Somosaguas”, y CG cree que “fue de muy mal gusto que en los días recientes a la violación de un espacio público destinado al culto [...] planteara su cierre.” Coincido en que es una pregunta casi inevitable, porque yo mismo me la hice. Mi opinión de que una universidad pública (o, más en general, el espacio de cualquier institución educativa pública) no es sitio para una capilla no es nueva. Mi intención pedir el cierre de la ubicada en la Facultad de Educación viene de la primera vez que la vi tras mi traslado como profesor a la UCM, el pasado primero de octubre. Mi decisión de plantearlo ya obedeció a tan solo que era la segunda sesión de Junta a la que me tocaba acudir como director de mi Sección (hacerlo en la primera, a modo de saludo y presentación, sí que me habría parecido precipitado). Pero yo mismo me pregunté, al enterarme del irrespetuoso y patoso happening de Somosaguas, si no sería mejor dejarlo para la siguiente sesión.
Y decidí que no, que no debía esperar, ante todo y sobre todo por la escandalosa instrumentalización del asunto por la el ala más sectaria de la derecha política y mediática, por el gobierno de la Comunidad de Madrid, por cierto catolicismo ultramontano y por algún grupo de baja estofa. Nada de esto debilita mi convicción de que las autoras del asalto, por muy jóvenes, inocentes, alternativas, comprometidas y buenas estudiantes que sean, deben ser sancionadas, pero lo que voy a explicar aquí no es por qué digo esto último ni por qué también firmé la denominada Declaración de Somosaguas (cosa que tampoco ha gustado a otros), sino por qué no hay que dar ni un paso atrás de la demanda de cierre de las capillas.
El día 10 tuvieron lugar los ya manidos hechos de Somosaguas.
El día 11 se informaba del asunto en todos los medios de prensa, en términos más o menos objetivos, recogiendo el rechazo del Arzobispado, el Rectorado, diversos profesores y alumnos... La prensa tomaba partido pero en general con moderación: ABC hablaba de “un grupo de vándalos” y otros como El Mundo o El País informaban en términos más fríos. El director de Infocatólica, no obstante, ya calificaba a las participantes de “zorras”.
El día 12 comenzó a animarse el cotarro. Libertad Digital (el diario de Jiménez Losantos) hablaba de “70 energúmenos” que “se desnudan en el altar”. ABC lo hacía de “gamberros” y “depravación [que] se ha instalado en la Complutense”. Periodista Digital echaba leña: “Con las tetas al aire en la capilla” y “burdos matones de barrio” (suponemos que no serían los mismos), y mejoraba la escenografía: “se desnudaron sobre el altar”. Telemadrid le echaba imaginación: “mostrando fotos obscenas del Papa” (sic: la precipitación).
El día 13, el columnista de ABC Antonio Burgos, quien cree que Somosaguas es la UAM, califica a las participantes de “lagartonas”, “pendonas”, “suripantas” (licencia literaria que pasó a designar a las alegres coristas y luego a las prostitutas).
El día 14, Cospedal se apunta al bombardeo y exige al Ministerio del Interior (sin orden judicial siquiera, pero ya que lo dirige el probable candidato...) que detenga a los responsables de la protesta (la señora no sabe que para detener a alguien, con independencia de que se le vaya a procesar, hace falta algo más). La Consejera de Educación, Fígar, afirma gratuitamente que el Rector no quiere sancionar lo ocurrido: “no puede ser que [...] únicamente abra expediente disciplinario cuando le insultan a él” (por lo visto ésta tampoco sabe que el expediente informativo es previo).
El día 15, el consejero de Presidencia, Justicia e Interior, Granados, mano derecha de Aguirre, reclama que dimita el rector de la UCM. Se informa, asimismo, de que el pseudosindicato Manos Limpias, ese comando legal de ultraderecha que no se pierde una, demanda a los autores por “profanación” (lo que supondría la pena máxima).
Después vendrían el llamado Centro de Estudios Jurídicos Tomás Moro, con otra querella; la Confederación Católica de Padres de Alumnos, pidiendo la dimisión del Rector; la misa al aire libre con un millar agraviados ocupando Somosaguas (una variopinta combinación de estudiantes indignados, militantes retro, alumnos de secundaria privada...); las malintencionadas e imprudentes preguntas retóricas de Aguirre sobre si hubieran irrumpido en una mezquita; las agresiones de extrema derecha a estudiantes en CC. Políticas y en Geografía e Historia...
En suma, a la natural consternación y el lógico rechazo no sólo de los católicos, sino de cualquier ciudadano respetuoso de la ley de todos y con los derechos de los demás, se están añadiendo, superponiendo y hasta imponiendo de manera estruendosa el sectarismo político, el acoso del gobierno regional a la UCM, las injurias de la derecha mediática, el oportunismo electoral, la defensa de privilegios confesionales que ya no deberían existir, etc., etc. No hay nada que ganar con esperar a que amaine el temporal, pues resulta patente que se intenta aprovechar el asunto para cargar contra el Rector, contra la izquierda, contra la laicidad, contra la separación iglesia-Estado, contra la autonomía universitaria.