Mi foto

Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

4 may. 2010

Sobre el malestar docente: sombras y luces

En el Barómetro del Profesorado se pregunta a éste sobre la situación general del sistema escolar y por el nivel educativo en comparación con cuándo estudió y con cuando empezó a trabajar como docente y se le piden sus previsiones sobre cómo estarán ambos (el sistema y el nivel) dentro de otros cinco años. Si hay que resumirlo en pocas palabras, digamos que los pesimistas siempre doblan, como poco, a los optimistas. La tabla siguiente lo presenta en porcentajes.


Claramente mejor

Algo mejor

Ni mejor ni peor

Algo peor

Claramente peor

Situación general respecto a cuando era alumno

16,9

14,2

11,1

21,0

36,9

Situación general respecto a cuando empezó

9,5

14,5

31,9

28,6

15,6

Situación prevista para dentro de cinco años

3,4

22,6

22,4

27,9

23,8

Evolución del nivel respecto a cuando era alumno

16,2

17,2

8,3

23,5

34,9

Evolución del nivel respecto a cuando empezó

9,4

16,1

30,6

29,6

14,3

Evolución prevista del nivel para dentro de cinco años

4,2

22,3

24,8

29,0

19,7

La diferencia entre las ciencias sociales y las ciencias naturales es que, en éstas, hay una clara distinción entre el sujeto (que estudia) y el objeto (estudiado), mientras que las primeras se ven condiconadas y afectadas por la reflexividad, es decir, por el hecho de que el objeto de estudio es, a la vez, sujeto. El profesorado, por ejemplo, lee los informes que hacen investigadores y expertos, que influyen sobre su conducta. Pero, además, sabe que la información que él mismo suministra al investigador es performativa, es decir, que tiene efectos. Una visión apocalíptica de la enseñanza puede responder a la realidad, o ser resultado de un distorsión inconsciente de la misma, pero también puede tener la intención de legitimar una actitud, desde la desvinculación o la desresponsabilización hasta la demanda de mayores contrapartidas. El investigador, por otra parte, tiene que explicar no sólo la realidad social, sino la(s) visión(es) de la realidad, que también son parte de ella. Si pedimos al profesorado una valoración de la situación o la evolución del sistema educativo no es para conocer éstas (para eso son más útiles diversas estadísticas e indicadores objetivos o, del otro lado, formas más intensivas y comprensivas de obtener información de los propios docentes, como las entrevistas, los grupos focales, la observación, etc., no las encuestas), sino para conocer lo que nos dicen sobre éstas, que es algo distinto.

Si el reformismo pedagógico fue en un tiempo la nota dominante del discurso docente, hoy lo es más bien, al menos en la arena pública, el pesimismo social, la expresión de un malestar difuso pero omnipresente en el que todos los males parecen quedar del lado de la sociedad, la política, el mercado, las familias, los alimnos… Esto se muestra desde las encuestas, como el mencionado Barómetro y muchas más, hasta esa nueva corriente literaria que en otro lugar he llamado cuadernos de quejas.

En medio de este gris panorama he encontrado algo muy refrescante: Retrato canalla del malestar docente, magnífico libro de Juan José Romera López, profesor malagueño (Ediciones Toromítico, 2010) que me ha enganchado de principio a fin y he devorado en un par de días, sólo porque otras obligaciones me han impedido hacerlo en uno. Una profesora de bachillerato quemada y resabiada, mezcla de señora Rottenmeyer y Marujón celtibérico, apabulla a un joven profesor con la voz de la experiencia, es decir, con toda la colección de tristes banalidades que hoy alimenta el runrún de tantos claustros. Romera desgrana el discurso típico y tópico del malestar docente mediante la afortunada fórmula de una sucesión de correos electrónicos que la veterana envía al novato, y lo hace con gracia, hasta el punto de que el lector llega a sentir simpatía por los dislates de la protagonista. Pero también se toma el trabajo de glosarlos, recorriendo tanto la versión banal de esos tópicos como su expresión ilustrada por tantos analistas del desastre educativo e intelectuales despistados que han llegado a alinearse irresponsablemente con ellos. Siendo tan amplia la temática que exigiría un trabajo enciclopédico desmontarla en detalle, el recurso a las breves glosas no puede pretender ni pretende tanto, pero sí llega, y muy bien, para mostrar la precariedad y la debilidad de los fundamentos de ese discurso circular y autista, pero cada vez más ruidoso. Una lectura muy recomendable.