29 abr. 2010

Madrid: una carga de profundidad contra la cohesión social

Es difícil imaginar una respuesta más inadecuada al incidente de la prohibición del hiyab en el aula que la elegida por la Consejera de Educación de la Comunidad de Madrid. Después del desafortunado fiasco laicista del director y la comunidad  (quizá habría que comenzar a decir la secta) escolar del IES Camilo José Cela, nada peor que la patochada liberal de la Consejera Fígar, que seguramente ha creído ver confluir todas las ventajas y virtudes en la decisión de dejar a los reglamentos de los centros la facultad de permitir o no el velo en su interior. La ventaja más obvia, eludir la responsabilidad de tomar por sí misma una decisión; otra ventaja asociada, llevar la contraria al gobierno. Entre las virtudes, la presunta opción liberal: que cada centro haga lo que quiera, y seguramente un cierto arrebolamiento republicano. Pero el valor del liberalismo consistió en defender la libertad de las personas, comenzando por la libertad de creencias y de culto, contra el Estado y cada una de sus instituciones (una de las cuales es, no se dude, la escuela, incluso cuando es privada, pues actúa por un mandato público), no en que el Estado y cualquier pequeña institución pudieran imponerse a ellas, como ahora ha sucedido. Y lo que el republicanismo aportó fue otra cosa: la distinción clara entre el Estado y la iglesia, pero entre el conjunto del Estado y la iglesia ("El maestro en la escuela, el cura en la parroquia y el político en el Ayuntamiento", decía Ferry), no el fraccionamiento del Estado en distintos pedazos al servicio de distintas sectas. Porque lo que el gobierno regional de los populares hace no es declarar laica la escuela en su conjunto, ni siquiera la escuela pública, sino permitir un reducto laico, o pseudo-laico, en un mar de escuelas públicas con crucifijos en las aulas, escuelas religiosas concertadas y trato de favor a los legionarios de Cristo y otros fundamentalistas –y la música de fondo la pone la COPE. Nosotros os dejamos crear algún reducto laico, pseudolaico o sectariamente laico, de manera que podáis exhibir vuestra conciencia republicana, y vosotros nos dejáis que sigaos sosteniendo y fomentando las escuelas confesionales.

¿Por qué esa súbita conversión a la autonomía de los centros? Tal vez porque no hay mejor manera de volar la escuela pública y la cohesión social, como de inmediato se ha visto. El segundo IES, el San Juan de la Cruz, al que estaba previsto trasladar a Najwa ha modificado su reglamento en cuestión de días, un tiempo récord, para prohibir también el hiyab. "Esto que hemos hecho nos complica la vida, pero no vamos a crear guetos", ha dicho la directora. En realidad debería haber dicho –y eso será lo que se haya dicho en el Consejo del Centro-: "Se van a crear guetos, pero nosotros no seremos uno de ellos, aunque con ello contribuyamos  a que otros lo sean en mayor medida." Tienen razón la directora y el Consejo en señalar los perjuicios añadidos de cambiar a una alumna a mediados de curso y en reclamar que la Consejería dicte una normativa de carácter general pero habrían hecho mejor en oponerse directamente al traslado con cualquier medida antes que con ésa.

Porque esa dinámica es precisamente el material explosivo de la lamentable inhibición de Fígar. Si los centros pueden abrir o cerrar las puertas a los inmigrantes y a las minorías de origen islámico con un simple reglamento, todo racista, xenófobo o sectario religioso se convertirá en republicano en menos que canta un gallo. Después de todo, nada mejor que encontrar razones pressentables para fines impresentables