3 feb. 2010

Los demás que no se jubilen, pero yo sí

Hace dos días oí a Celestino Corbacho en un informativo: el retraso de la jubilación se abordará de manera flexible (que supongo quiere decir diversificada) porque "no es lo mismo dar clase que subirse a un andamio". Según lo oía me dije a mí mismo: mañana responden enfurecidos los sindicatos del gremio. No los de la construccion (que estarán contentos), sino los de la educación. Y, como no podía ser menos, se ha lanzado al trapo ANPE, siempre ajena a cualquier escrúpulo.

La cantinela se puede imaginar: la profesión docente es de las más estresantes, etc., por lo que debe mantenerse la jubilación anticipada. Por si alguien no lo sabe, los profesores podemos jubilarnos anticipadamente, pero sin pagar del todo el precio. En la enseñanza no universitaria se ofrecen hace ya dos decenios las jubilaciones LOGSE, que pasaron a llamarse jubilaciones LOE y pronto serán rebautizadas como jubilaciones Pacto por la Educación, supongo, que permiten acogerse a la jubilacion anticipada con 30 años de servicio y 60 de edad (o para ser exactos, al terminar el curso en el año en que se cumplen los 60, de manera que los más afortunados hasta con 59 años y 5 meses).  La pecuiaridad está en que el Ministerio y las Consejerías asumen el pago de incentivos con los que compensar los ingresos perdidos por la anticipacion del retiro. Los sindicatos del sector coinciden en demandar que este privilegio excepcional, aunque ya renovado, se convierta en definitivo, y por supuesto ni quieren oír hablar de postergar la edad de jubilacion.

En la enseñanza superior se está empezando a hacer lo mismo, aunque dada la autonomía de las universidades, no en todas, a distintos ritmos y de distinta manera. En general, aquí hay menos prisa por jubilarse, porque la caída de ingresos es más fuerte.

Lo que resulta estomagante es que las organizaciones del sector no salgan del "¿Qué hay de lo mío?" Se puede hacer un buen argumento sobre en torno a que muchos profesores no pueden o no quieren dar clase más allá de cierta edad (no ya próxima a la jubilación, sino mucho antes, pues se trata de un trabajo cara a cara que puede volverse cuesta arriba para muchos por muy distintos motivos). Pero es impresentable la propuesta de que los profesores puedan jubilarse con treinta años de servicio cuando ya se acercan a los noventa de esperanza de vida. Y es que entre dar clase como a los treinta y vivir de la pensión como a los ochenta hay unas cuantas posibilidades intermedias, como atender otros servicios y tareas relacionados con la educación (actividades lectivas más breves y especializadas, bibliotecas, funciones administrativas…).

La propuesta más sensata la ha hecho la OCDE: indexar la edad de acceso a la jubilación. ¿A qué? Eso sería la segunda parte, pero la idea brillante es indexarla: a la esperanza de vida, a la tasa de actividad, a la siniestralidad de la profesión, etc. Lo absurdo es que la misma edad de jubilación impere medio siglo antes y después, con independencia de los cambios en la esperanza de vida y las condiciones de salud; para todas las profesiones, con independencia de su atractivo intrínseco, sus condiciones de trabajo o su siniestralidad; para todos los trabajadores de un colectivo, con independencia de sus inetereses y sus deseos personales.