28 ene. 2009

¿Ven qué fácil?

El Vaticano ha anunciado a principios de año que va dejar de aplicar las leyes italianas, contra lo que venía haciendo desde el Tratado de Letrán, firmado en 1929. La noticia ha cogido con el paso cambiado al gobierno Berlusconi, que se pregunta por qué no lo habían hecho antes, con un gobierno de izquierda, como parecería más lógico. Pero el Vaticano, que por eso dura ya dos milenios, no piensa tan a corto plazo sino a medio, largo e incluso muy largo y argumenta que son muchas las normas italianas que atentan contra sus principios y que, tarde o temprano, por iniciativa propia (un gobierno de izquierda) o por una decisión europea (con cualquier gobierno), la legislación terminará por reconocer el matrimonio homosexual, la eutanasia y cosas aun más alejadas de aquéllos.

Me quito el sombrero y me cuesta más que nunca comprender que aquí andemos todavía con el Concordato a cuestas, centros confesionales impartiendo enseñanzas obligatorias, clases de religión en el horario lectivo, catequizadores en los centros con cargo al presupuesto público, sinidicatos que defienden el derecho de estos trabajadores de la fe a ser equiparados al resto, directores que no son destituidos por mantener crucifijos presidiendo las aulas, tribunales que amparan la objeción de conciencia contra una condición indispensable de la libertad de conciencia (la educación para la ciudadanía), etc.

Es cómo si la iglesia tuviera, según afirma, "principios irrenunciables" pero la democracia no, como cuando los centros privados tenían un proyecto educativo (que la ley llamaba ideario, pero ellos proyecto) mientras que los públicos tenían... la legislación vigente. Es, se mire como se mire, una lección más de la iglesia al estado sobre cómo mantener su independencia. A ver si cunde la iniciativa, pero en sentido contrario, en vez de tanta ñoñería como las frasecitas en los utobuses o la competición entre Papás Noel escaladores y estampotas colgando de los balcones.