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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

26 oct. 2008

De la UNESCO a la OCDE

Cuando yo empezaba en esto, el organismo internacional de referencia era la UNESCO, de la que ya casi nadie se acuerda. De ahí la inspiración de la Ley General de Educación de 1970, el grueso de los expertos consultados y su fautor Díez Hochtleiner, quien volvería a su seno al ser defenestrado por el ministro Villar Palasí. De ahí venía también buena parte del argumentario de la izquierda, desde la reivindicación de un máximo de 28 alumnos por aula (que nadie ha sabido decir dónde se encuentra), pasando por la indicación de que la primaria debe cursarse en lengua materna (cuyos portavoces de antaño la han enterrado hoy bajo los argumentos de la inmersión lingüística y la inclusión social), hasta la reivindicación de la jornada continua en Canarias (según un informe que, en realidad, iba de otra cosa y no decía eso en absoluto).

Hoy todo viene de la OCDE, es decir, del club de debate económicos de los países ricos. De ahí llegan los informes PISA, los panoramas (outlooks) anuales de la educación y, pronto, una encuesta internacional a los profesores (prometía entregar resultados en 2008, pero será en 2009). De ahí llegan las alarmas sobre elevados porcentajes comparativos de fracaso, altas tasas de abandono prematuro, carencia de titulados de secundaria superior, escaso diferencial de ingresos para los titulados superiores, etc.

Como entonces, sobran oráculos que nos cuentan lo que dice el organismo sin haberlo siquiera leído ni entendido (PISA es el ejemplo), pero eso es lo de menos. Lo que llama la atención es que nuestras referencias pasen de una organización de la cultura (cuyos argumentos empleábamos ante todo para pedir dinero) a otra económica (cuyos argumentos sirven para reformar sistemas). No me parece ni bien ni mal, sino un signo de los tiempos. Y, por cierto, un indicador de la desesperada búsqueda de legitimidad por los actores del sector.