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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

20 mar. 2008

¡Pasar con cuatro, aagghh!

Mi tocayo de ideas claras ha resucitado toda la carnaza para carcamales imaginable, entre la cual el peligro de pasar de curso con cuatro asignaturas pendientes. Cuanto más lo pienso más me parece, créanme, un debate para tarugos. Si todo se diseña, se enseña y se evalúa por asignaturas, ¿por qué sólo promocionar –o por qué tener que repetir- por conglomerados más o menos arbitrarios de ellas? ¿Por qué pasar de curso –mal dicho- con cuatro asignaturas –que han de repetirse en todo caso- sería una barbaridad pero repetir seis ya superadas –o siete, ocho, nueve, pues también los hay contrarios a pasar con tres, dos o una- sería una genialidad? En la Universidad se puede llegar al último curso con asignaturas de primero y, aunque no nos parezca lo ideal, les aseguro que nada se tambalea. Simplemente, cuando se considera imprescindible superar una asignatura para cursar otra, y sólo entonces y a esos efectos, se establece la primera como llave, pero de una en una.

Esto me recuerda una anécdota sobre la resistencia al cambio. En la Segunda Guerra Mundial, el ejército inglés encargó un análisis de la eficacia de sus usos. Uno sorprendente era que, al disparar algunas baterías artilleras, dos soldados debían situarse firmes, a ambos lados, con el brazo derecho flexionado y el puño a la altura de la clavícula, sin función aparente. Llevó cierto tiempo descubrir que era un residuo de cuando tales baterías eran transportadas en carros tirados por caballos y habían de sujetar las riendas para que no salieran de estampida con la detonación. Los caballos ya no estaban, pero la institución seguía en sus trece. La enseñanza se organiza en asignaturas por la especialización del profesorado y en cursos por conveniencia administrativa, con el efecto imprevisto y desastroso de que fallar en una parte suponga repetir también el resto, algo evidentemente ineficaz y disuasorio, una causa mayor de abandono. Pero algunos viven para la inercia y para indignarse cuando se cuestiona.