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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

15 dic. 2007

Elogio de Jesús M. Sánchez Martín

El 14 de noviembre falleció Jesús M. Sánchez Martín. El 13 de diciembre se celebró un acto en su memoria en la Universidad de Salamanca. Reproduzco lo que allí dije.

Nos trae y nos une hoy aquí un triste acontecimiento, la muerte de Jesús, que ya no podemos evitar, pero queremos que vaya acompañado en nuestra memoria, y sobre todo en la de quienes le fueron más próximos y sufren más su pérdida, por la expresión de nuestro afecto hacia él y de nuestro dolor compartido. Estamos siempre mal preparados para la muerte, peor para la de aquéllos a quienes queremos y mucho peor si nos dejan antes de lo previsto, si los vimos nacer o crecer de algún modo, si deseábamos envejecer con ellos o esperábamos partir antes que ellos con el consuelo de quedar en su recuerdo.

Conocí a Jesús hace ya un cuarto de siglo, y guardo la imagen un jovencísimo estudiante de Pedagogía de la Universidad Complutense que, particularmente fascinado por el descubrimiento de la Sociología de la Educación y de la Cultura, ya había llamado la atención de Carlos Lerena Alesón, el primer catedrático de la especialidad, y empezaba a colaborar con él. Precisamente para un libro de Carlos en una colección que yo dirigía, para Educación y Sociología en España, publicado en 1987, preparó Jesús una exhaustiva bibliografía que, anunciando ya el nivel de autoexigencia y de humildad que le caracterizarían durante toda su vida, bautizó como simple “Aproximación bibliográfica”. Carlos, maestro, compañero y amigo, murió en 1988, también joven, de noche, en la carretera y en vísperas de un viaje a Salamanca, y fue personalmente Jesús quien me dio noticia. Hoy, casi veinte años después, vengo a despedir a alguien con quien mantuve precisamente una relación simétricamente inversa, aunque mucho más intensa: vengo a despedir, ante todo, al amigo del alma y –espero que no suene pedante—al viejo discípulo y al joven compañero más querido.

Tras la muerte de Lerena Jesús había quedado, digámoslo así, en una especie de orfandad académica, pero yo veía en él una vocación incondicional y no dudé que debía buscar un lugar para él en la Universidad. Así empezó muestra colaboración más estrecha: primero con la fundación de la Conferencia de Sociología de la Educación y la edición de la revista Educación y Sociedad, después con su incorporación a Salamanca y más tarde con diversas empresas compartidas, entre las cuales la publicación de los Textos fundamentales de Sociología de la Educación, su participación en varios proyectos de investigación o la iniciativa del Open Fórum. Si en el ámbito de la Sociología de la Educación pude considerarlo mi colaborador, en el de la Sociología de la Cultura, y más concretamente de la música, el que más significó para él profesional y personalmente en los últimos años, Jesús echó a volar por sí solo, haciéndose cargo de una docencia que pocos habrían sido capaces asumir y siendo pionero en proyectos como Opera Oberta, que situó a la Universidad de Salamanca a la vanguardia de la difusión de la cultura operística, Opera Web, cuyo primer galardón ganó esta institución con su impulso, Canal Clásico o Musiquerías, que elevaron las emisiones de Radio Universidad a un nuevo nivel. La música fue para él mucho más que un motivo de placer o una materia de estudio; fue, creo, una forma de comunicación, de comunización y de comunión con los demás; fue la manera que encontró de hacernos mejores y más felices sin apenas hacerse notar; fue el terreno donde mejor desplegó su capacidad creativa y de trabajo, a la vez que su entrega, como lo atestiguan desde los miles de espectadores que gracias a su empeño pudieron ver en directo las representaciones del Liceu de Barcelona en esta ciudad o las decenas de estudiantes y melómanos que asistieron a los ensayos del Teatro Real en Madrid, hasta los artistas singulares como Fan, Nelson o Mijail a los que, mano a mano con Graça, tanto ayudó en su vida y en su carrera profesional.

Dado que en España es tradición crucificar a los vivos y santificar a los muertos, lo que pone cualquier elogio funerario bajo sospecha, permítaseme señalar sólo dos cosas: por lo que a mí respecta, baste mencionar que mi mujer y yo nombramos por testamento a Graça y a Jesús tutores y curadores de nuestro único hijo, o que en mi casa ha sido querido y llorado por tres generaciones; en cuanto a los demás, he de decir que jamás he hablado, ni antes ni después de su muerte, con una sola persona que tuviera la ocasión de trabajar con Jesús, o simplemente de tratarlo de manera ocasional, que no haya evocado su gran humanidad, su amplia cultura, sus exquisitos modales o su meticulosa manera de trabajar, y que nunca oí una expresión negativa sobre él, lo que no es poco en este gremio.

Hoy nos acompaña su familia: sabe, Graça; sepa especialmente Sofía así pueda comprenderlo; sabed, María y Julián, Maribel, Raquel y Raúl, y todos quienes le quisisteis, que en esta casa también se le quiso, y que se le quiso mucho, personal y profesionalmente, porque así lo mereció. En un tiempo y un medio especialmente inclinados al egoísmo y a la autocomplacencia, Jesús fue tan generoso con los demás como implacable consigo mismo; generoso hasta la renuncia e implacable hasta la autonegación. Ese altruismo es precisamente la forma más noble de la moral secular, y fue su elevada estatura moral, además de intelectual, lo que le hizo tan querido para todos nosotros. Hombres como él nos recuerdan, sin proponérselo, que podemos y debemos ser mejores.

Si acaso cabe hacerle un reproche no será otro que éste: quizá nunca comprendiera lo mucho que significó para nosotros. Pero ya no hay vuelta atrás. Dejen que hable ya sólo por mí mismo: sé que merecía más, que lo que hice por él no fue suficiente, que si en algo me equivoqué ya no lo podré reparar y que, lo que no hice, ya no lo podré hacer. Queda el consuelo de haberle querido, de habérselo hecho saber o sentir alguna vez, de haber tenido su confianza. Y el recuerdo agridulce de haber conocido a un hombre bueno y sabio que merecía una vida más larga. De un modo o de otro, nuestra vida fue mejor: más noble, más sabia y más bella, gracias a él. No vivió en vano.