8 jul. 2007

Echar una mano, mejor tres

A menudo me preguntan qué haría yo con el profesorado, cómo revertir la actual situación de desánimo, desinterés, desmoralización… Suelo responder que echando una mano o, mejor, tres, reelaborando una metáfora de Petit. La primera es la mano de hierro, i.e. la autoridad, comenzado por directores que dirijan, inspectores que inspeccionen y administradores que no teman hacer frente a la irresponsabilidad y a la incompetencia, que, como las meigas, haberlas, haylas. No puede ser que dé lo mismo hacer las cosas bien que hacerlas mal, y hacerlas que no hacerlas. Hay tres cuartos de millón de profesores y aquí nunca se expulsa a nadie; como mucho, si lo acepta, se le facilita una baja por depresión o una jubilación anticipada.

La segunda es la mano invisible. Sí, así es, la del mercado. No propongo sacar a subasta las escuelas públicas ni convertir el sistema educativo en un bazar, pero sí crear incentivos –económicos, profesionales, simbólicos- que estimulen a trabajar bien, que premien a los mejores sin concesiones alguna al igualitarismo que predican los peores. Mucho más de lo que admitirían los sindicatos y más que lo que osará a hacer el Ministerio. En el clima de desmoralización reinante, ser buen profesor es a veces una desgracia.

La tercera es la mano intangible, i.e. la cultura profesional. Se trata de que la formación, los valores profesionales, la profesión, los compañeros… empujen en la dirección adecuada. Sería la mano más deseable y debería ser suficiente, sin recurrir a las otras dos. Pero no nos engañemos: la moral profesional nace del mismo proceso que la individual, es la interiorización de normas sociales externas, explícitas y sostenidas por el interés y por la fuerza, la internalización del otro generalizado, la socialización vista desde dentro. Se empieza por las manos de hierro e invisible para llegar a la intangible, no al contrario. Los profesores no somos tan distintos de los niños como creemos.