20 may. 2007

Ni tanto, ni tan calvo

Quienes creen que el acoso escolar es cosa de hoy es que, simplemente, no leen. Hace poco tuve una inspiración repentina -ya ven-, y me lancé al hojear Corazón, de D’Amicis, –ya saben, el de Marco y su mamá y otros dramas-, de 1886. En el episodio 4º, “Un rasgo generoso”, se lee: “Unos cuentos enredadores estaban molestando a Crocci [hijo de una verdulera y con un brazo semiparalizado]; le tiraban cáscaras de nuez, le decían motes e imitaban su defecto físico. El muchacho no paraba de explicarles que le dejaran en paz. En esto, el carasucia de Franti se pone a remedar a la verdulera, como si llevase un par de cestas.” Crocci, indignado, les tira un tintero… que va a dar al profesor. Éste se da cuenta de que él no ha sido y, al poco, descubre a los verdaderos culpables, a los que obliga a disculparse. ¿No es verdaderamente canónico, paradigmático? Motes, burlas, violencia, alusión a un defecto físico, mofa de la familia y una respuesta del acosado que bien podría haberse vuelto en su contra a poco que el maestro no hubiera sabido, podido o querido ver lo que la había provocado. Quien quiera más ejemplos los encontrará en numerosas Bildungsroman o novelas de formación. Por ejemplo Tom Brown’s schooldays, de T. Hughes (1857); Stalky & Co., de Kipling (1899); Las tribulaciones del joven Törless, de Musil (1906) y otras.

Hace años comenzaron a llamarme algunos sindicatos para hablar de la violencia escolar. Respondían a una alarma típicamente generada por la agresión de un padre a un profesor, a la cual seguían invariablemente una manifestación local, conversaciones servidas en todos los claustros a la hora del café y la iniciativa sindical. Yo les decía entonces que la violencia escolar no era eso, meramente episódico, sino el terror de un niño de seis años ante otro de doce que le amenaza con una paliza si no le da el bocadillo o el dinero mientras los docentes eluden vigilar el recreo o las cuidadoras del comedor echan un cigarrito. Yo sólo digo: ni tanto, ni tan calvo.