2 abr. 2007

Dios se lo ha quitado

Era hora de que alguien aportase algo de racionalidad al problema de los despidos de los catequistas, vulgo profesores de religión. No tengo nada contra ellos: suelen ser gente encantadora, consecuente con sus ideas y con un alto sentido de la moralidad. Pero la cuestión no es ésa, sino una combinación perversa de concordato, sindicatos y tribunales que los estaba convirtiendo en profesores ordinarios por vía extraordinaria.

Si uno es elegido por su capacidad de predicación, incluido con el ejemplo, debe ser capaz de mantenerla y, sobre todo, no perderla de manera voluntaria. Es una cuestión entre el profesor y su iglesia, no con el Estado, por lo que sindicatos y tribunales pueden y harán bien en defender sus derechos frente a la otra parte contratante, no contra las arcas públicas.

Fue también el Constitucional, por cierto, quien hace años zanjó otra cuestión de ésas en las que suelen enredarse los tontorrones de izquierdas (es decir, aquella parte de la izquierda que parece tonta, que la hay, como en las mejores familias), y lo hizo de forma sencilla y elegante. Se trataba de si en la herencia de los títulos nobiliarios podían seguir teniendo preferencia los varones: las hijas reclamaban igualdad y pedían ayuda al alto tribunal, quien respondió que se trataba de un asunto puramente privado, entre ellos, en el que no tenía por qué entrar. Pudo añadir que era moralmente incongruente reclamar igualdad (entre los sexos) y desigualdad (entre aristocracia y plebe) al mismo tiempo, pero ni hacía falta.

Lo de los catequistas es lo mismo: un asunto privado entre la iglesia y sus propagandistas. Y no deberían reclamar a la vez respeto y dinero público para sus creencias y opciones privadas y la transmisión de éstas en las instituciones públicas (y aquí incluyo las escuelas privadas, aun siendo, sencillamente porque son escuelas, en toda la enseñanza obligatoria y a menores). Lo dijo el santo Job: Dios se lo ha dado y Dios se lo ha quitado.