15 feb. 2007

El Mesías en las aulas

Vean esto: “¿Cómo mostrar a las nuevas generaciones la miseria moral de sus antecesores, la distopía de nuestra civilización capitalista y, a su vez, tener la fuerza vital necesaria para creer y hacer creer que sí, que otro mundo es posible, que merece la pena luchar y que es necesario hacerlo...¡ya!?” ¿No es impresionante? No puedo creerlo, pero ahí está: me froto los ojos, los abro, y ahí está. Lo escribe un profesor de instituto en carta a un diario de gran difusión… ¡y se queda tan ancho y tan pancho!

La miseria moral de sus antecesores, o sea, sus padres, abuelos, maestros, vecinos, conciudadanos y millones más. Y la distopía de nuestra civilización, o sea, del mundo. Distopía: “Una utopía negativa donde la realidad transcurre en términos opuestos a los de una sociedad ideal, es decir, en una sociedad opresiva, totalitaria o indeseable. [A]ntónimo de utopía […] para hacer referencia a una sociedad ficticia […] en donde las tendencias sociales se llevan a extremos apocalípticos” (Wikipedia).

¿Cabe esto en la escuela laica? Todos al infierno menos nuestro profeta de instituto, que viene a salvar al mundo. ¿Dónde hemos oído esto antes? A unos pocos predicadores enloquecidos (si, los de Armagedón,  Jesús te salvará, etc.) y en un breve periodo de la adolescencia, ése en el que todo parece una mierda y demás. El problema es que se pueda enloquecer o atascarse en la adolescencia a costa del erario público y en detrimento de las cabezas de los adolescentes reales.

¿Quiere ello decir que todo está bien, en vez de mal? Simplemente que, aun queriendo, una gran mayoría de las veces, hacer las cosas bien, las hacemos menos bien: se llaman consecuencias imprevistas de la acción, por ejemplo haber luchado por la estabilidad del funcionariado (frente a las cesantías) y la libertad de cátedra (contra la manipulación política) y que ahora florezcan a su amparo los iluminados, para los cuales aquéllas resultan decepcionantes y demasiado complejas.