1 ago. 2006

No, no es una empresa

Me despido por ahora de los lectores, pues llega el largo y cálido verano que, en la enseñanza no universitaria, significa vacaciones. Una de las mejores pruebas de que la escuela no es una empresa: que puede suspender sus actividades dos meses, y no sólo para los alumnos sino también para los profesores, sus empleados. En una curiosa paradoja, la revista Escuela, que sí es empresa, o parte de una, tiene que suspenderlas por ello, pues de otro modo se vería obligada a comerse los ejemplares.

Ironías aparte, aprovecho aquí y ahora para explicar que, como Christian Laval, celebrado autor del libro del mismo nombre, yo creo que la escuela no es una empresa, pero por todo lo contrario, o casi, y eso explica lo que algunos de mis lectores y oyentes (pocos) consideran a veces un exceso de énfasis sobre la responsabilidad del profesorado. En una empresa, el empresario, o su representante, tiene una clara posición de poder sobre los empleados, de modo que puede afirmarse que procesos y productos son ante todo (aunque no sólo) responsabilidad suya.

Pero la escuela no es una empresa, sino una institución, como el hospital, el cuartel o el juzgado. En las instituciones no manda el “empleador”, que tiene una capacidad de acción muy limitada, sino los profesionales, individual y colectivamente, sobre el terreno y mediante sus organizaciones y representantes, en el presente y desde de la tradición heredada, etc., pero mandan. Los cuarteles son lo que los militares han hecho de ellos; los hospitales deben mucho más a las estrategias y presiones de médicos y enfermeras que a las pretensiones de las autoridades y las demandas los pacientes; los juzgados han sido modelados por jueces, secretarios judiciales, abogados… Y, en la escuela, tres cuartos de lo mismo: lo que sea depende ante todo (aunque no sólo) del profesorado. Por eso no se pueden echar balones fuera, al menos no de entrada ni por principio.