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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

29 may. 2006

Estudiar es rentable

Entre los motivos que desmoralizan a los alumnos figura la muy errónea idea de que da lo mismo estudiar que no, porque la amenaza del desempleo se cierne sobre todos por igual. Lo trágico de este error es que se da menos entre los hijos de cuadros, profesionales, etc., para los cuales va de suyo estudiar como mamá, papá y todos los que les rodean, que entre los de las capas populares, entre las cuales puede haber menos fe en el valor de la escolaridad y más experiencias de que ésta, a fin de cuentas, tampoco es garantía de nada. Lo cómico es que pueda ser alentado incluso por algunos profesores, ellos que cuentan con un puesto estable y envidiable gracias a la educación.

La última edición de los Indicadores Sociales del Instituto Nacional de Estadística (en http://www.ine.es/daco/daco42/sociales05/sociales.htm) proclama lo que ya se sabía pero conviene recordar: la tasa de desempleo disminuye radicalmente con el nivel de estudios. Así, en 2003, dentro del grupo de 25-29 años, con una tasa media de paro del 14,3%, los analfabetos y sin estudios se situaban en el 23,3%, los que contaban con estudios primarios en el 17,5%, los que habían alcanzado estudios secundarios generales en el 13,8% y los dotados de un título técnico-profesional en el 12,6%.

Pero lo interesante es que las diferencias crecen con el tiempo. Las mismas categorías de estudios y edad en 1992 habrían presentado tasas de desempleo (frente a una general de 24,2%) de 34,3, 29,1, 23,1, 21,8 y 22,9. En otros términos: si igualásemos las tasas de desempleo generales a la unidad, las ratios para los niveles de estudio habrían sido (siempre para 25-29 años), respectivamente, de 1,42, 1,21, 0,96, 0,9 en 1992, pero de 1,63, 1,22, 0,96 y 0,88 en 2003. O sea: los estudios no sólo cuentan, sino que cada día cuentan más. Quizá otro día me ocupe de por qué tanto listillo piensa lo contrario y, en particular, de los estudios universitarios.