16 may. 2006

¿Cooficiales?

Entre las numerosas abdicaciones de su responsabilidad de los gobiernos españoles de ambos colores en los últimos años en materia de educación –y no me refiero a la financiación—ha sido consentir que el catalán o el euskera se conviertieran en lenguas vehiculares exclusivas en la gran mayoría de centros de enseñanza.

No importa que unos, los que ahora tienen que seguir tragando, lo quieran ver como un reconocimiento progresista de la lengua materna y otros, a los que ahora toca hablar gratis, lo agiten como un espantajo con el que no habrían tenido nada que ver. El hecho es consecuencia, simplemente, de la clara conciencia de los nacionalistas de que las naciones se construyen metiéndolas a la fuerza en la cabeza de la infancia y de los muy desafortunados efectos de un sistema electoral “mayoritario corregido”, la Ley d’Hont, que prima a las mayorías a escala provincial, lo que en la práctica se traduce en que, con los mismos votos, los partidos nacionalistas obtienen más del cuádruplo de escaños que los partidos minoritarios nacionales, lo que condena a éstos a la marginalidad y convierte a aquéllos en bisagras indispensables cuando nadie tiene la mayoría absoluta, y no lo hacen por nada.

Cooficial significa cooficial, y no hay más. Los ciudadanos españoles son hoy miembros de dos comunidades políticas: el Estado y la Autonomía. La primera es la misma para todos, mientras que la segunda puede tener más o menos competencias y, entre ellas, la de emplear y mantener una lengua propia distintiva. En este caso, lo que se requiere es que las instituciones, que son las que realmente unifican y sostienen las lenguas, utilicen ambas, y no solamente una de ellas.