12 mar. 2006

Revofuncionarios

“Mi padre fue peón de hacienda, yo fui revolucionario, mis hijos pusieron tiendas y mi nieto es funcionario”, rezaba el corrido. Algunos han hecho ese recorrido, o lo mejor de él, en una generación.

En los sesenta, Althusser popularizó la idea de los aparatos ideológicos de Estado (el principal, la escuela) que, a diferencia del aparato represivo, no deberían ser destruidos en la lucha final sino conquistados antes de ella. Rudy Dutschke, líder estudiantil alemán, sugería una larga marcha a través de las instituciones. Baudelot y otros destaparían después la lógica: cuando eres estudiante truenas por ¡Más escuelas, menos policía!, ¡Más hospitales, menos policía!, ¡Presupuestos militares para gastos sociales! o lo que haga falta, según hayas elegido estudiar para profesor, médico, trabajador social o lo que sea. Después te haces funcionario y te lanzas a la defensa de lo público que, al fin y al cabo, es ya de lo que comes. La pasión que dedicaste a la fallida revolución proletaria la puedes consagrar ahora a la revofunción profetaria (de profesor, como poco, y, si te va la marcha antineoliberalismo y antiglobalización, también de profeta —no he podido resistir la tentación).

No me malinterpreten: no digo que no haya que consolidar, promover o defender los servicios públicos, y dentro de ellos los que son de titularidad pública. Aunque me cuesta confiar en la eficiencia y calidad de los servicios estatales, todavía me cuesta más creer en la eficacia y equidad de los privados. Lo que digo es que nueve de cada diez defensas que oigo de la escuela pública (i.e. estatal) requieren tanto valor e inteligencia y aportan tanta legitimidad y conocimiento como las que puedan hacerse del plan quinquenal en Corea del Norte, de las enseñanzas del Corán en Islamabad o del mercado en el Fondo Monetario Internacional. Ya se sabe: “Dios me guarde de mis amigos, que de los enemigos ya me cuido yo.”