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Sociólogo, catedrático en la Universidad Complutense. Buena parte de mi investigación ha estado dedicada a la educación, en particular a las desigualdades escolares, la organización de los centros, la participación social, la profesión docente y la política educativa.
También he trabajado y trabajo sobre desigualdades sociales, sociología de las organizaciones, sociología económica. Ahora me interesan especialmente las redes, la internet y, en general, lo que llamo, para que rime, sociedad o era global, informacional y transformacional (SEGIT).

29 ene. 2006

La formación ciudadana

En el debate sobre la formación del ciudadano en la escuela se pone demasiado a menudo un acento desorbitado sobre tal o cual medio a emplear, con el efecto perverso de dejar en la penumbra los demás. Pero la escolaridad es para el alumno una experiencia global, total, cuyos mejores componentes pueden verse desactivados o desvirtuados si entran en conflicto o simplemente resultan incoherentes entre sí. Por el contrario, se basan en una unidad de propósito y la alimentan, se beneficiarán del refuerzo mutuo y de sinergias que no podrían surgir de otro modo. El tejido de la convivencia exige unos mimbres fuertes :

1. Aprendizaje. La resaca del adoctrinamiento franquista y las ilusiones vanas sobre la participación y la transversalidad hundieron la propuesta de una formación democrática específica. Así se privó al alumnado de un aprendizaje específico de la sociedad y de un espacio de reflexión ad hoc. Lo que diferencia a los regímenes no es contar o no con una materia de formación ciudadana, sino su contenido y sus grados de libertad.

2. Transversalidad. La formación para la ciudadanía, en efecto, debe impregnar el conjunto del currículum y, en particular, las ciencias sociales, siendo uno de sus ejes vertebradores, con consecuencias sobre la PGA, los PCC, etc.

3. Laicidad. No es sólo que una institución pública deba estar al margen de cualesquiera grupos privados (religiosos o políticos, grandes o pequeños) sino que es en la escuela donde deben aprender a convivir creyentes y no creyentes, en A o en B, partidarios de esto y de aquello, ricos y pobres…, lo cual excluye cualquier forma de adscripción, sea confesional u otra.

4. Participación. Sin olvidar que niños y adolescentes no son adultos, ni que están bajo tutela, la organización de la convivencia escolar debe ser una iniciación a la participación y la responsabilidad democráticas, con sus derechos y sus deberes.

5. Normativización. En vez de fotocopias de los reglamentos orgánicos, los centros deben poner especial cuidado en la elaboración de sus reglamentos de régimen interior y otras normas similares, con especial atención a su especificidad, no tanto por afán regulador como para proclamar un mensaje claro sobre cómo ha de ser la convivencia.

6. Ejemplaridad. Maestros y profesores son, como adultos a los que se supone el saber y se otorga un mandato social, el espejo en que se miran los alumnos, su primera y más poderosa imagen no particularista de la sociedad. No se formarán buenos ciudadanos si la conducta de los profesores no es sostenida por una deontología profesional fuerte y un control administrativo y social subsidiarios pero suficientes.

Y, para que el todo sea más que la suma de las partes, los mimbres han de tejerse en una trama y una urdimbre adecuadas y coherentes: ése es el papel del proyecto educativo, de la dirección del centro y de la comunidad escolar.