23 mar. 2005

Masificación, III: objetores

Otro lugar común: se han llenado las aulas de objetores escolares que sabotean la educación. Nos recuerda que, desaparecida la mili, no queda otra conscripción que la escolar. Pero hay objetores alumnos, como en el ejército, y profesores, como en la sanidad.

¿A qué objetan los alumnos: a la educación, a la escolarización, al centro o al profesor? Muchos lo hacen ante ciertos docentes pero no ante otros, a unas actividades y no a otras; algunos lo hacen en un centro pero no lo hicieron ni lo harán en otro. Aquí, más que objeción, puede haber desajuste recíproco o legítimo descontento.

Es obvio, empero, que, al ampliar la obligatoriedad, se empuja al umbral de tolerancia a una proporción mayor del alumnado. En particular, a sectores que pueden querer más educación pero no más escolarización. A los grupos gitanos más arcaicos, a los inmigrantes africanos de la generación primera y media (los que llegan justo con una edad aquí todavía escolar y allí ya laboral) e incluso a los alumnos sin tales adscripciones pero con una intensa actitud de rechazo, debería ofrecérseles, con cautelas, la opción de combinar escolaridad y trabajo, ambos a tiempo parcial, tal vez desde los catorce.

La otra objeción es la de esos profesores que confunden jornada laboral con horario lectivo, de resfriado frecuente y depresión permanente, que dicen no a toda iniciativa, cuestionan el valor de la educación o no cesan de alegar que el sistema no les permite hacer nada… Por su lugar en la institución, recuerdan no ya al soldado, sino al médico que se niega a practicar el aborto en un quirófano público pero lo hace en el privado, o que primero saca la oposición y luego acude a la objeción. La diferencia entre el institucionalizado y el profesional es que éste no viene por obligación, sino por vocación o por un sueldo, y antes que objetar a su mandato social e incumplirlo debería haber elegido otra profesión o podría haberse quedado en casa.

Publicado en Escuela