1 mar. 2004

BIEN POR MARAGALL, Y POCO MÁS

Bien por Maragall que, después de inclinarse en exceso durante un mes (demasiadas carteras para ERC, demasiada paciencia con Carod), ha intentado ponerse a la altura de las circunstancias ante la oferta de ETA, comenzando por su calificación como carta-bomba y terminando por su Visca Espanya en la manifestación del 26/2. Pero nada más. Por un lado, y ante la magnitud del asunto, cinco mil personas (según los medios favorables) no son precisamente para impresionarse. Por otro, el lema de la marcha lo dice todo: En defensa de la democracia, el autogobierno de Cataluña y en solidaridad con todos los ciudadanos del Estado. ETA no, ni aquí ni en ningún lugar. Hubiera sido mucho mejor un simple ETA no, y punto, como el que poco después enarbolaron las víctimas del terrorismo. No puedo evitar que esto me recuerde una película que vi en mi niñez, de la que sólo recuerdo que en el bar del pueblo colgaba un cartel: “Prohibido hablar de tú sabes quién.” La prohibición vigente en el lema es la de mentar a España. Es el empeño en negar cientos o miles de años de historia, según se mire, con técnicas aprendidas por el nacionalismo en la escuela de manipulación del lenguaje del Gran Hermano (el de antes).
Podrían haber escrito: autogobierno de Cataluña y solidaridad con todos los ciudadanos de España; o autogobierno de la Comunidad y solidaridad con todos los ciudadanos del Estado; incluso autogobierno de la Comunidad y solidaridad con todos los ciudadanos de España; o, simplemente, cualesquiera que fuesen los términos, solidaridad con el resto de lo que quieran, de España o del Estado. Es de suponer que fue la condición para que acudieran los republicanos, y tal vez algunos otros (o sus exiguas representaciones oficiales, para ser exactos). Después de todo, ya lo había dicho Carod con su estúpida y provocativa retórica: él no quiere que ETA atente en España (ese país de al lado), ni en Francia ni en ninguna parte; en otras palabras, él no tiene ningún vinculo especial con (el resto de) España. Pero donde ETA mata es aquí. Por eso mismo, yo le agradezco su presencia en la manifestación tanto como pueda hacerlo un finlandés.
Es habitual, en las campañas políticas de solidaridad con alguien que sufre algún tipo de represión, adoptar la forma del “Yo también…”. “Yo también soy adúltero”, “Yo también soy objetor”, “Yo también he abortado”, “Todos somos Ortega Lara”, etc. Esto puede incluir a personas que jamás cometerían adulterio, ni objetarían, ni abortarían, ni se convertirían en funcionarios de prisiones, pero que, ante un mal notoriamente mayor en su propia escala de valores (la amenaza de la pérdida de la libertad o de la vida), dejan de lado esas diferencias porque hay cosas que van primero. En cambio, en este caso, parece que a nadie se le ha ocurrido la más sencilla de las consignas: “Yo también soy español.” Por lo visto, uno puede decir que ha abortado, etcétera, cuando no lo ha hecho (seguro muchos de los manifestantes de la plaza Sant Jordi han hecho este tipo de afirmaciones más de una vez) pero no puede, ni le dejan, decir que es español cuando lo es. Otro trágala impuesto por nacionalismo.
Por un lado Cataluña, por otro el Estado. Una desafortunada pirueta lingüística constituyente quiso que la comunidad, naturalmente buena y tan deliciosamente próxima, quedara del lado de los que tratan de construir aparatos de poder propios, con objeto de pasar de cola de león a cola de ratón, mientras que el Estado, inevitablemente malo y tan temido como odiado, quedara del de quienes intentan conservar la única esfera de derechos con vocación universalista que todos y cada uno de los pueblos de España han conocido. Pero las palabras no son neutras y, poco a poco, hacen mella.